En Bolivia ya no se cuentan votos… se negocian. Así de simple. Así de grotesco.
Lo que pasó en La Paz no es un “vacío legal”, no es una “situación excepcional”, no es una “interpretación del reglamento”. Es el manual clásico del poder cuando siente que puede perder: mover fichas, torcer reglas y fabricar ganadores a la fuerza.
El Tribunal Supremo Electoral sale muy suelto de cuerpo a decir que no habrá segunda vuelta porque un partido decidió bajarse. Listo, caso cerrado. Democracia resuelta en escritorio, sin gente, sin votos, sin vergüenza.
¿Y el candidato? René Yahuasi dice que él no renunció. Pero eso da igual cuando los dueños del partido negocian por encima de los candidatos. Porque aquí no decide la gente, decide la rosca.
El nombre clave: Edgar Uriona. Presidente de NGP. El hombre que, según la denuncia, bajó la palanca en el momento justo. ¿Coincidencia? En política boliviana, las coincidencias suelen tener precio.
Y mientras tanto, el Gobierno —sí, ese que jura respetar la democracia— feliz. Porque no necesita ganar limpiamente si puede asegurarse el resultado desde antes. Gobernaciones, alcaldías, todo bajo control. Nada de voces incómodas, nada de “outsiders”, nada de sorpresas.
Porque seamos claros: si no hay segunda vuelta, no hay competencia.
Y si no hay competencia, no hay democracia.
Aquí viene la trampa gruesa: la normativa habla de renuncia de candidatos, no de “declinaciones” partidarias que borren procesos enteros. Pero mágicamente aparece una figura conveniente y listo… se acabó el partido antes de jugarse.
¿Resultado? Un gobernador proclamado sin llegar al 40%.
¿Legitimidad? Cero.
¿Legalidad? Forzada.
¿Confianza? Enterrada.
Y por si fuera poco, el ganador —Luis Antonio Revilla— arrastra un historial pesado: procesos, cuestionamientos y el fantasma del caso PumaKatari con millones en juego. Pero en Bolivia eso tampoco importa… mientras seas funcional.
Entonces no, no es solo un problema jurídico.
Es un problema político, moral y estructural.
Porque cuando los partidos se venden, cuando el árbitro toma partido, y cuando el poder decide quién gana antes de votar… ya no estamos hablando de democracia.
Estamos hablando de un montaje.
Y lo más peligroso no es el fraude en sí.
Es que lo quieran hacer pasar como normal.

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