El síndrome “Edmand Lara”: el último producto ch’uta del post-masismo

 Dicen que cada era deja sus criaturas. Y si la Bolivia post-MAS necesitaba un monumento viviente a la mediocridad incubada durante 20 años, pues aquí lo tienen: Edmand Lara, el vicepresidente que llegó con 40 años, pero con pensamiento de 2006, cuando Evo Morales inauguró la “revolución” del métele nomás y del “ya veremos cómo arreglamos el delito”.


Porque seamos sinceros: el masismo fue la fábrica de políticos sin academia, sin lecturas y sin vergüenza, orgullosos de su incultura y fascinados por la idea de que el poder podía ejercerse solo a punta de capricho, instinto básico y pulsión de TikTok. Un Estado tan débil que cualquier bravucón podía brincar—o asaltar—hasta el piso más alto del poder, con tal de llevar una jauría de mochileros dispuestos a satisfacer hasta las ganas de ch’aki de Su Excelencia.

Y de ese caldo de cultivo sale Edmand Lara: un boliviano más de una generación reventada por 20 años de decadencia educativa, moral y política. Eligió ser policía porque, claro, el rancho estatal es más barato que la universidad, y en uniforme vio cómo sus superiores se llenaban los bolsillos amparados por el “extorsión-negociación-ganancia”, esa vieja tradición del hampa policial donde grabarse y chantajearse es deporte nacional.

Eso, justamente eso, es lo que Lara perfeccionó. Y cuando lo dieron de baja, como buen alumno del sistema, salió a denunciar en vivo y en directo, transmitiendo desde los mismos pasillos policiales, porque el chantaje LIVE es la nueva doctrina de la institución.

Y así, con lagrimones de TikTok y quejas de no tener plata ni para una empanada, terminó de vicepresidente de Bolivia, gracias a Rodrigo Paz, quien lo rescató cuando estaba fuera de la carrera electoral y más acabado que discurso de Evo.

Pero ay, qué ingrato es el “síndrome Edmand Lara”. Hoy, el vice quiere morder la mano que lo levantó. Porque el policía básico no entiende de lealtades: quiere más, quiere todo, quiere ministros, comandantes, venganzas personales, puestos, firmas, y su propia corte de aduladores dispuestos a celebrarle hasta los gallos de sus videos.

Ahora aplica lo aprendido en la calle: extorsionar al mismísimo Presidente, lanzar amenazas disfrazadas de “charlemos”, y usar el TikTok como el nuevo Ministerio de Justicia. En su lógica, si pudo atemorizar coroneles obesos que pedían plata para irse a bailar los jueves, ¿por qué no iba a poder manipular al Presidente?

Solo que no, pues. Ahí se equivocó.

Porque Edmand Lara, el hombre que cree que la política es un prolongado operativo policial, no tiene talento, no tiene formación, no tiene proyecto. Solo tiene rencor y calle. Solo sabe extorsionar. Solo sabe incendiar. Es, al final, un subproducto barato del masismo tardío, el último rezago de un modelo que creyó que la improvisación era virtud y que el resentimiento podía gobernar un país.

El “post-masismo” nos deja esto:
Un vicepresidente que aprendió el poder como quien aprende a robar celular en feria.
Un hombre que confundió oportunidad con licencia para chantajear.
Un símbolo perfecto de todo lo que Bolivia tiene que superar.

Pero tranquilo, Edmand. Seguí nomás grabándote.
La historia, esa sí, no se va a dejar extorsionar.

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