El día en que Arce Catacora descubrió que estaba solo

Nunca tuvo a nadie… ni a sí mismo


La aprehensión de Luis Arce no sorprendió a nadie. Lo que sí sorprendió fue el silencio.
Silencio TOTAL. Silencio de velorio. Silencio de “a este ya nadie lo salva”.
Ni un parlante estatal, ni un operador del MAS, ni un triste “Lucho no estás solo” salido del hígado de Edgar Montaño.
Nada.



Porque la verdad es brutal:
Lucho siempre estuvo solo. Solo que ahora recién se dio cuenta.

Su vida personal es un desastre tan grande que ni el Ministerio de Desastres habría querido administrarlo. Nunca armó una familia, nunca sostuvo un hogar, nunca aprendió a querer a nadie que no fuera el poder.
¿El episodio en el que embarazó a la novia de su hijo?
No es morbo: es diagnóstico.
Un síntoma de un hombre incapaz de manejar siquiera su propio cuarto.

Hoy está solo:
— Sin esposa (que ya lo mandó a la miércoles hace meses)
— Sin hijos que lo respalden
— Sin pareja, sin hogar, sin perro, sin planta, sin nada.

Ni los ministros que le lamían la mano se animan a emitir un tuit en su defensa.
Ni un comunicado.
Ni un sindicato.
Ni una marcha.
Ni una rata del barco evista se quedó a acompañarlo en la caída.

Y eso pasa cuando confundís “obediencia” con “lealtad”.
Cuando crees que los aplausos de funcionarios obligados equivalen a afecto.
Cuando piensas que un grupo de aduladores es una familia.

Arce creyó que lo querían.
Es triste, pero sobre todo es patético.

Hoy nadie lo defiende porque nadie lo quería.
Y nadie lo quería porque él nunca quiso a nadie.
Punto.

Pero el análisis no termina ahí:
Esto es la factura moral del evismo.
Años enteros de corrupción en piloto automático, de destruir instituciones, de masticar y escupir militantes, de tratar a Bolivia como propiedad privada, de convertir la moral pública en chiste.

Arce es solo el cadáver político más reciente.
Pero el siguiente en la fila es Evo.
Y ese final va a ser todavía más grotesco.

Porque a Evo no lo va a tumbar la Fiscalía (esa cambia de dueño cada semana).
Lo va a tumbar algo mucho más íntimo:
la soledad del caudillo que envejeció creyendo que podía ser eterno.
La vida siempre pasa la factura, y la factura más dura es esta:
cuando ya no tienes poder, te das cuenta de que no tienes nada.
Ni devotos.
Ni amigos.
Ni causa.
Ni país.
Ni consuelo.

Arce no cayó solamente como presidente.
Cayó como ser humano.
Cayó mostrando que un hombre sin afectos es apenas un cascarón,
y que el poder, cuando se usa para destruir, te deja más solo que el eco.

La celda es lo de menos.
El verdadero encierro es descubrir que, al final,
nadie… absolutamente nadie… te va a extrañar.

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