Dicen las malas lenguas que no fue amor, fue poder.
Que Brenda Lafuente subió en ascensor al piso 24 buscando futuro, y Luis Arce la recibió creyendo que ese piso era su Olimpo.
Ahí, entre despachos cerrados, cortinas gruesas y secretarias con cara de “yo no vi nada”, se firmó un pacto que hoy les estalla en la cara como dinamita vieja.
No nos engañemos: ella no fue víctima, y él no fue cazador. Fueron socios del silencio, quién sabe de qué otros negociados.
Ella entregó lealtad, discreción, un poco de romance… y quizá algo más que, al final, no fue correspondido.
Él entregó poder, cargos, protección y ahora, una pensión que no alcanza ni para los pañales ni para comprar el silencio de las redes.
Cuentan que ambos creyeron que el poder era un perfume caro que tapaba todos los olores,
que nadie se daría cuenta, que la Casa Grande del Pueblo también podía ser la Casa Grande del Deseo.
Pero el deseo, cuando se mezcla con política, deja rastros: mensajes, nombramientos, favores, viajes…
Y ahora, un hijo y una factura moral que ninguno quiere pagar.
Brenda reclama 8 mil bolivianos. Arce ofrece 2.635.
Y el país mira el show con el mismo asco con que se mira una sopa recalentada del MAS: ya sabemos el sabor, pero igual da náusea.
No hay víctima ni victimario, solo dos adultos que jugaron con fuego y quemaron la poca dignidad que le quedaba al gobierno.
Y mientras los dos se pelean por el precio de las pensiones para un inocente, en los pasillos del poder ya se escucha el murmullo:
¿Quién tuvo más hambre?
¿Ella de poder o él de juventud?
La respuesta, dicen las malas lenguas, sigue ahí… en el piso 24.

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