Volvió el Masismo y el pueblo de rodillas a nombre de la wiphala

Y listo. Otra vez los mismos de siempre. Rodrigo Paz presidente, Edman Lara vicepresidente… y detrás, la misma sombra azul que nunca se fue.


El masismo volvió disfrazado de “bloque indígena-popular”, pero con la misma receta de hace veinte años: culpar al “oriente oligarca”, hablar en nombre del pueblo y llenarse los bolsillos en nombre de la revolución.

Nos quieren vender la idea de que el voto indígena-popular fue un “acto de dignidad”. Pero no, fue otro capítulo del chantaje político más viejo del país: usar la identidad para proteger privilegios.
El “repudio contra los Marinkovic y los Valverde” suena heroico, pero en el fondo es la misma excusa para justificar la vuelta del dedazo, del caudillo, del discurso resentido y de la impunidad de los suyos.

La Wiphala —ese símbolo que alguna vez fue sagrado— ahora es su pancarta política. La enarbolan los mismos que se robaron el Estado, que lo llenaron de narcotráfico, corrupción, servilismo y cinismo.
Los que decían “no somos neoliberales” y terminaron hipotecando el país a los chinos.
Los que hablaban del pueblo mientras compraban mansiones en Santa Cruz y enviaban a sus hijos a estudiar a Europa.

Y hoy vuelven, con la cara lavada, repitiendo que el “proceso de cambio” sigue.
Sí, sigue: sigue el cinismo, sigue el atraso, sigue la mentira.

Ahora resulta que Paz y Lara deben “honrar la fuerza indígena-popular”.
¿Honrar qué? ¿El voto manipulado a punta de radio comunitaria y spot en Quechua pagado con dinero público?
El masismo no representa al pueblo, lo secuestró. Lo convirtió en escudo humano para sus negociados.

Dicen que el nuevo gobierno “debe entender la fuerza del pueblo”, pero en realidad lo que quieren es que nadie se atreva a cuestionar su monopolio moral.

Porque si uno critica al MAS, automáticamente “odia a los indios”.
Esa es su mejor jugada: esconder su corrupción detrás del rostro de un campesino.

Y sí, Bolivia está en crisis. Pero no por culpa de los oligarcas del oriente ni por el “imperio”, sino por esta secta política que confundió Estado con partido y patria con negocio.

El ciclo masista no se agotó: se pudrió.
Y ahora, en este intento de “transición”, buscan reciclarse otra vez, vendernos el mismo relato en envase nuevo, con Wiphala incluida y olor a nafta vieja.

La Wiphala no merece ser usada como cortina de humo de sus crímenes.
Porque mientras ellos gritan “¡Jallalla!”, el país se hunde, los hospitales siguen sin insumos, las universidades sin presupuesto, los campesinos sin mercado, y los jóvenes sin esperanza.

Así que no, no volvió el “bloque indígena-popular”.
Volvió el MAS.
Volvió la mentira con poncho, el cinismo con charango y el discurso de “resistencia” hecho negocio.
Y si no se los frena, volverán también las persecuciones, la mordaza y la impunidad.

La Wiphala no es del MAS.
Es del pueblo que no se vende ni se alquila.
Y ese pueblo, algún día, les va a pasar la factura.

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