Spoiler: no hay salvadores, hay herencias.
Por: P.A. F. Jiménez
Y la que dejó el MAS no era precisamente una casita ordenada, sino una economía con deudas debajo de la alfombra, subsidios insostenibles, empresas públicas agujereadas y una cultura de “total, el Estado paga”. Cualquier gobierno que viniera después iba a tener que administrar ese combo explosivo. Y sí, eso casi siempre te vuelve impopular. Porque ajustar duele, y en Bolivia nadie quiere ser el que apague la fiesta… aunque ya no haya ni para el hielo.
Pero ojo, tampoco nos vendan humo. Que el pasado sea un desastre no convierte automáticamente al presente en virtuoso. Paz no está gobernando en Marte: está tomando decisiones hoy, con consecuencias hoy. Y sin una auditoría seria, una revisión 360 de lo que se hace y cómo se hace, estamos jugando a ciegas. En este país, la corrupción no se descubre: se filtra años después, cuando ya nadie puede hacer nada o cuando conviene políticamente.
Por eso la alternancia importa. No como fetiche democrático de manual, sino como mecanismo de supervivencia institucional. Porque aquí pasa algo curioso: el que entra no investiga mucho al que sale. Se hacen los locos, se tapan entre gestiones y todos felices… menos el ciudadano, que sigue pagando la cuenta.
Mientras tanto, el voto nacional-popular —ese que decide elecciones— no está buscando planes económicos sofisticados, sino alguien en quien creer. Hoy es uno, mañana será otro. ¿Un nuevo “salvador”? ¿Otro Edmand Lara versión 2030? Puede ser. Y así, entre fe política y mala memoria, el país sigue caminando en círculos… o peor, en caída lenta.
¿Y Santa Cruz?
Juega a ser la excepción, tratando de escapar de la lógica populista. Pero tampoco hay que romantizar: con las limitaciones que tiene una gobernación, ni J. P. Velasco puede hacer magia. La autonomía no alcanza cuando el modelo nacional sigue siendo el mismo.

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