El nuevo banco central se llama “colchón”

En Bolivia ya nadie guarda dólares en el banco… porque primero hay que encontrarlos.



Meses sin dólares, bancos sin respuestas y un Gobierno que sigue hablando como si el país estuviera “en transición”, mientras la gente ya entró hace rato en modo supervivencia. En Bolivia ya no se ahorra en bancos, se ahorra en colchones, latas de galleta, cajones escondidos y hasta dentro de la bolsa del arroz. Porque cuando el sistema financiero pierde credibilidad, el mejor “banco central” termina siendo el cuarto de la casa.

El dólar ya parece producto de contrabando, aparece, desaparece y cambia de precio según el humor del mercado, el combustible, la cosecha, la luna llena o el discurso del ministro. Y mientras tanto, las entidades financieras hacen malabares con el tipo de cambio, las ASFI mira desde la gradería y el ciudadano común queda atrapado en el eterno “no hay sistema”.

Ahora el Gobierno dice que el dólar “va a bajar”. Claro. También dijeron que no había crisis, que no faltaría combustible y que las reservas estaban sólidas. A estas alturas, el boliviano escucha anuncios económicos como quien escucha promesas de campaña, con una mezcla de resignación y carcajada nerviosa.

El ministro de economía, José Gabriel Espinoza, asegura que el alza es “estacional”. O sea, según el relato oficial, el dólar no sube por desconfianza, falta de reservas o miedo económico; sube porque los industriales compran insumos y los agroindustriales todavía no liquidan divisas. Traducción al idioma del ciudadano: “espere nomás, ya va a pasar”.

Pero la realidad en la calle es otra. El dólar oficial vive en Bs 6,96 como esos familiares que solo aparecen en fotos antiguas, todos saben que existe, pero nadie lo ve. El verdadero precio está en el mercado, en las calles, mercado paralelo, en las transferencias bloqueadas y en la desesperación de quienes necesitan importar, viajar o simplemente proteger sus ahorros.

Y ahora anuncian “flotación cambiaria”. Qué elegante manera de decir: “ya no podemos sostener el tipo de cambio”. Después de años vendiendo estabilidad artificial, el mercado terminó imponiendo la verdad a patadas.

Lo más grave no es que el dólar llegue a 10 bolivianos. Lo más grave es que el boliviano ya no cree ni en los bancos, ni en las cifras oficiales, ni en las promesas económicas. Cuando la gente prefiere confiar en un colchón antes que en el sistema financiero, el problema ya no es monetario. Es político. Y eso no se arregla con conferencias de prensa ni con explicaciones “estacionales”.

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